De la sostenibilidad a la regeneratividad: cuando lo sostenible ya no es suficiente

¿Alguna vez has probado a repetir una palabra una y otra vez hasta que deja de tener sentido?

Algo así está pasando con “sostenibilidad”, el concepto de moda entre empresas y entidades, cuyo significado está quedando diluido entre publicidad y medidas cosméticas. Una sostenibilidad que, por una parte, se está convirtiendo en palabra comodín y, por otra, se plantea como la panacea cuando, en realidad, no es más que un primer paso para solucionar nuestros problemas sociales, climáticos y medioambientales.

Para ejemplificar el porqué, pensemos en una persona. Pongámosle un nombre: Antonio. Antonio es un hombre de mediana edad, fumador empedernido y fanático del embutido y la carne roja. Tiene un puesto de responsabilidad y carga con un alto nivel de estrés. Antonio tiene hipertensión, lo sabe desde hace años, pero sigue con sus hábitos porque no conoce otra cosa. Hasta que, un día, tiene un susto. En forma de paro cardíaco. Es entonces cuando decide hacer caso al médico y reducir sus costumbres nocivas. El problema es que, llegados a ese punto, el doctor le advierte de que no es suficiente: su corazón está dañado y ya no basta con rebajar dichas prácticas, sino que debe eliminarlas por completo y, además, incorporar unas nuevas, como meditación o deporte, para deshacer el daño. Para regenerar su organismo.

Nuestro planeta, como Antonio, es un organismo vivo. Y como él, ha llegado a un punto crítico que compromete su futuro. Un punto en el que la reducción de los hábitos nocivos hasta unos niveles inocuos, o sostenibles, ya no es suficiente, sino que requiere de un cambio radical en su manera de hacer las cosas, un replanteamiento de sus dinámicas más básicas y enraizadas. Nuestro planeta necesita regenerarse, deshacer el daño recibido para empezar a curarse a sí mismo. La buena noticia es que la Tierra dispone de los recursos y mecanismos para conseguirlo. La no tan buena, que esos cambios exigen un gran esfuerzo y, sobre todo, sacrificios a corto y medio plazo.

La regeneratividad es el movimiento que plantea este cambio de paradigma, una suerte de evolución de la idea de sostenibilidad que propone ya no solo eliminar hábitos tóxicos, sino desaprenderlos, resetearnos y replantear nuestra relación con el planeta, con sus recursos, con los demás y con nosotros mismos. ¿Ambicioso? Desde luego. ¿Necesario? Aún más.

Los planteamientos regenerativos son holísticos y abarcan desde la cultura hasta la economía, pero si hay un ámbito que demuestre su eficacia de forma paradigmática es el agrícola.

La agricultura regenerativa busca, precisamente, la regeneración de la capa superior del suelo, dañada tras siglos y siglos de explotación agresiva. Y lo hace a través de mecanismos que, lejos de técnicas sofisticadas o rebuscadas, proponen una vuelta a los orígenes: dotar a la naturaleza de sus propias herramientas, las mismas que una vez le robamos, para recuperar la lógica y los ciclos naturales que hicieron de la Tierra un Edén antes de nuestra intervención. Así, a través del fomento de la biodiversidad, la mejora del ciclo del agua y el reciclaje de residuos orgánicos y agrícolas como compost, entre otras medidas, la agricultura regenerativa busca devolver a la tierra, al suelo, la importancia y la salud perdidas. En resumidas cuentas es tomar una posición de humildad frente a los propios mecanismos de autorregulación natural del suelo, en lugar de forzarlo a adaptarse a nuestros tiempos, intereses y, a veces, caprichos.

Lo interesante de la agricultura regenerativa es que, aparte de contribuir a una alimentación más saludable y a la lucha contra el cambio climático (el suelo absorbe y almacena una ingente cantidad de carbono), está demostrado que, a la larga, también es más rentable para los propios agricultores, pues el suelo se va enriqueciendo constantemente, es más fértil y produce mejores y más resistentes cosechas. Y aquí es donde volvemos a Antonio: al principio, cambiar sus hábitos alimenticios, empezar a meditar y hacer deporte moderado le parece un sacrificio de proporciones épicas, pero conforme se va acostumbrando a ellos descubre no solo se siente muchísimo mejor, sino que además ha encontrado nuevas formas de disfrutar de la vida y de conectar consigo mismo y con el mundo. 

Entonces, ¿es posible repensar y mejorar nuestra manera de relacionarnos con el planeta como especie? Lo es. Es posible y es necesario. Y además ya hay personas e instituciones que se han puesto manos a la obra. Capital Insitute, por ejemplo, es un organismo que trabaja en la investigación e implantación de las teorías regenerativas en la economía. No son los únicos: anteriormente ya se habían planteado cuestiones como el decrecimiento o la llamada economía del bien común, que invierten la lógica capitalista tradicional de crecimiento exponencial y ponen límites a este desde preceptos tanto científicos como éticos. En el caso de la Economía Regenerativa, Capital Insitute propone ocho principios básicos, empezando por uno clave y fundacional: la humanidad es parte integral de una red interconectada de vida, no hay una separación real entre “nosotros” y “lo demás”; el daño que se inflige contra cualquier parte de esa red afecta a toda la red, incluidos nosotros mismos. 

Es fácil comprobar la diferencia entre semejante planteamiento y lo que hoy día conocemos como “sostenibilidad”. Según el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) necesitamos "cambios urgentes, de gran alcance y sin precedentes en todas las facetas de nuestra sociedad". ¿Cómo es un cambio “urgente, de gran alcance y sin precedentes” cambiar las pajitas de plástico por las de cartón? ¿Basta con lanzar campañas que fomenten el reciclaje entre la sociedad o serían necesarias acciones más ambiciosas para asegurar la máxima reutilización de los recursos? ¿Es posible mantener esa utopía del “crecimiento verde” o deberíamos asumir de una vez que semejante concepto ha sido siempre un oxímoron?

De nada sirve seguir actuando sobre las consecuencias sin cuestionar las causas; el crecimiento continuo y sus externalidades, las contradicciones del hipercapitalismo. Pareciero que lo único que se pretender hacer sostenible es a un sistema que sabemos que está obsoleto.

Desde la regeneratividad se considera que cualquier intento por incorporar medidas medioambientales efectivas a las lógicas tradicionales del capitalismo están abocadas al fracaso.

Por eso, cuando personalidades como Al Gore prometen “un mayor crecimiento del PIB mundial” gracias a la economía verde, saltan todas las alarmas, pues obcecarnos con un indicador que premia el crecimiento salvaje sin incluir criterios ecológicos ni sociales, es desde luego un mal punto de partida.  Es el momento de plantear nuevos indicadores de bienestar (global y holísitco) que abandonen la hegemonía del crecimiento económico

El escritor y gran defensor de la regeneratividad Jeremy Lens, en este sentido, habla directamente en términos de civilización: “necesitamos cambiar las bases de nuestra civilización global. Hay que pasar de una civilización basada en producir riqueza a otra basada en mantener la salud de los sistemas vivos: una civilización ecológica”. El momento histórico exige un cambio radical, ¿seremos capaces de abrazarlo o nos mantendremos en esta huída hacia adelante por seguir creciendo a toda costa? ¿Elegiremos un futuro regenerativo que nos permita mejorar simbióticamente con el planeta, u otro abocado directamente al colapso? Parece evidente cuál es la decisión correcta. De que la tomemos o no dependerá, directamente, la supervivencia misma de este organismo vivo e interconectado del que, por mucho que nos sintamos separados, tan solo somos una parte.

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