La IA en el cine: “Upgrade” o los límites de la cesión de control humano-máquina

Uno de los estigmas con los que carga el cine de ciencia ficción es el de ser percibido como sinónimo de acción, palomitas y efectos especiales.

Uno con el que, en cierto modo, también carga nuestra percepción colectiva del futuro en sí, con sus habituales visiones maniqueístas: utopía o distopía, orden o caos, progreso espectacular o apocalipsis. Esta limitación autoimpuesta, en ambos casos, nos hace caer en aquello de mirar el dedo que apunta a la luna. En el cine, por ejemplo, las productoras se ven obligadas a decorar las historias con elementos de entretenimiento vacío que muchas veces nos distraen de las reflexiones filosóficas que algunas de estas películas esconden entre patada voladora y disparo láser. Filmes como “Videodrome” de Cronenberg, “Robocop” de Verhoeven o, en menor medida, “Blade Runner” de Riddley Scott, fueron tratadas en su época con cierto desdén y tuvieron que esperar décadas a recibir el merecido reconocimiento como las películas de culto que son hoy.

 

Un caso similar podría ser el de “Upgrade”, un filme de 2018 dirigido por Leigh Whannell que pasó desapercibido, pero que bien podría obtener algún día un lugar entre los clásicos del género. Con una estética y un planteamiento que recuerdan en gran medida a dichas joyas ochenteras, “Upgrade” ofrece un trepidante cóctel de fantasía cyberpunk, acción a raudales y escenas de lucha a lo “Matrix” que, bajo su apariencia comercial, esconde una reflexión profunda sobre una cuestión rara vez tratada en la ficción: la de los límites de la cesión del control humano-máquina. 

 

La película nos presenta a un protagonista tetraplégico que logra recuperar la movilidad gracias a un chip experimental con una CPU dotada de inteligencia artificial implantado en el cerebro. Este le permite robotizar, de algún modo, su sistema nervioso, restaurando así las conexiones nerviosas entre su cuerpo y su nueva mente híbrido humano/máquina. Pero pronto descubre que el chip no se limita a eso, sino que además comienza a ofrecerle recomendaciones. Así, del mismo modo que nuestro GPS nos propone la ruta más rápida, la IA implantada en su cerebro le aconseja las acciones más “eficientes” en su vida diaria, lo que le permite mejorar drásticamente en muchos aspectos de esta. 

 

Hasta aquí, la comparación con la actualidad es evidente: el uso de la IA y de todo tipo de algoritmos para ayudarnos a tomar decisiones se ha abierto camino de manera exponencial en casi todos los ámbitos, desde el médico hasta el financiero, pasando por uno tan humano como el de las relaciones amorosas (¿alguien sigue pensando que un match en Tinder es casual?).

Pero, por supuesto, el filme va más allá. Siguiendo una trama paralela, el protagonista se ve de pronto en una situación violenta que requiere una toma de decisiones rápida. Demasiado rápida. Tan rápida que ya no basta con seguir los consejos de la IA, sino que, para salir airoso, esta le propone una única solución: cederle temporalmente el control de su cuerpo. Así, la máquina toma el timón y, gracias a su eficiencia y velocidad sobrehumanas, consigue vencer todo obstáculo. Él, convertido en mero espectador, asiste perplejo a los movimientos imposibles de su cuerpo, alimentados por una agilidad mental que lo supera, que no comprende, que le es ajena. Y, aunque su mérito en tales proezas es nulo y la máquina toma decisiones que su propio código moral no habría aceptado (algunas extremadamente violentas), no puede evitar sentirse bien. Poderoso. Un superhombre.

 

Este acto, el de ceder el control del cuerpo a la máquina, representa una frontera que, lejos de fantasías futuristas, estamos cerca de cruzar. O, es más, que en cierto modo ya hemos cruzado. Porque, si bien aún no es posible ceder a una IA el control de un cuerpo humano, sí es posible hacerlo con cuerpos intermedios como, por ejemplo, los coches. En este sentido, podríamos establecer tres niveles de relación humano-IA:

El primero sería la conducción a la antigua, sin intervención de IA alguna; el segundo sería la conducción asistida, usando, como decíamos antes, un GPS (equivaldría al protagonista dejándose aconsejar) y la última sería la conducción autónoma (comparable a la IA tomando el control total del cuerpo). En la 1, conduces tú. En la 2, conduces tú, pero si el GPS te recomienda tomar cierto desvío, probablemente lo harás (si confías más en su criterio que en el tuyo). En la 3, el coche tomará el desvío (contigo dentro, como simple espectador).

 

La película, cuyo final, obviamente, no vamos a desvelar, acaba retorciendo el debate hasta extremos existencialistas (¿hasta qué punto seguimos existiendo si cedemos el control total a una IA?), un extremo que, sin embargo, deberíamos comenzar a plantearnos. La Comisión Europea abordó recientemente la cuestión de estos límites, dividiendo los riesgos de la IA en cuatro niveles: de inaceptable (usos que amenazan la democracia, la seguridad, la integridad y los derechos de las personas) a mínimo (logística, imagen y videojuegos, entre otros).

Pero, más allá de cuestiones macro, es interesante que nos preguntemos individualmente qué rol queremos dar a la tecnología en nuestra toma de decisiones, cómo aprovechar su potencial (indudablemente una IA puede superar a la inteligencia humana en cada día más aspectos) sin renunciar a aquello que nos hace humanos, encontrar un equilibrio entre ser casi todopoderosos y ser… nosotros.

 

Al fin y al cabo, estamos hablando de algo tan elevado como el próximo paso en la evolución humana. Una evolución que trasciende las leyes de la genética para cedernos, precisamente, el control de hacia dónde queremos ir. ¿Será un modelo transhumanista en el que incorporemos de manera limitada la tecnología a nuestros cuerpos y mentes, u otro en el que, paulatinamente, vayamos transicionando hacia una existencia del todo artificial? ¿Sería deseable perseguir ciegamente la evolución (ser más eficientes, más poderosos, casi dioses, colonizar el espacio y vencer a la muerte) si ello conlleva sacrificar, en última instancia, nuestra condición humana tal y como la conocemos? Si bien es cierto que aún no existe una tecnología que nos apremie para tomar este tipo de decisiones (por ejemplo, una IA general superior a la humana), todos los expertos coinciden en que, el día en que esto suceda, deberíamos llegar con los deberes hechos. Por una vez en la historia tenemos el control sobre nuestro siguiente gran salto evolutivo como especie. Solo si dejamos de distraernos con los efectos especiales y prestamos atención a la trama de fondo, acertaremos en la decisión.

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