LA TRAGEDIA ES NO TENER BIENES COMUNES

Desde que nos desposeyeron de los bienes comunales nos hemos visto forzados a competir más agresivamente, lo cual nos ha hecho caer en la perversa rueda del consumismo y, en una aparente paradoja, en acabar maltratando a los bienes de los que depende nuestra propia supervivencia.

En el siglo XIV, al diezmar la población, la peste negra elevó el poder de negociación de los campesinos. Se desataron revueltas que en muchos países acabaron con la servidumbre y eso supuso un descanso para las tierras, que empezaron a ser gestionadas más comunal, respetuosa y democráticamente. Al poder de la época, esto obviamente, no le sentó demasiado bien. Veían las pérdidas de privilegios con temor. En cuanto pasaron unos años y la situación se restableció, como no, llegó la contestación por la fuerza: los cercamientos de tierras (enclosures). Muchas tierras dejaron de ser propiedades compartidas y pasaron a ser cercadas, delimitadas y repartidas entre la nobleza. 

Estos cercamientos de tierras posibilitaron la acumulación original al final de la Edad Media, y con ella se dio inicio al Capitalismo. Una gran parte de la población, al dejar de disponer de un recurso de subsistencia básico y garantizado, se vio mucho más obligada a vender su fuerza de trabajo. Y en esa espiral seguimos. Sin caer en idealizar el pasado en absoluto, no hay duda, tenemos que recuperar una mayor gestión democrática y redistributiva de los bienes comunes.

A finales de la década de los 60 un ensayo llamado La tragedia de los comunes resonó por todo el mundo occidental y generó un amplio debate que aún pervive. Aunque algunas de las conclusiones del autor –Garrett Hardin- no son para nada desdeñables:

Buscar el beneficio máximo individual en el corto plazo, no beneficia a nadie a largo plazo.” o “muchos individuos actuando racionalmente en su propio interés, pueden en última instancia destruir un recurso compartido y limitado” Siguiendo el relato histórico, muchas de las premisas de las que parte se han demostrado falsas. El egoísmo de los individuos se ve claramente atenuado por la influencia del control grupal.


Si algo ha manifestado esta última etapa de capitalismo neoliberal y la ilógica del mercado y la mano invisible, es que la propiedad privada acaba en manos con cada vez menos lazos directos con las propias posesiones. Un fondo de inversión luxemburgués puede ser el dueño de la red de servicios públicos de un país del África subsahariana. O de un porcentaje de todas las empresas importantes de otro país, condicionando su política de actuación. Esto provoca algo muy evidente: desapego. Si no tienes contacto con el bien en cuestión, y te afecta poco en qué estado se encuentre, lo único que te importará es que te genere beneficio directo, y probablemente, a corto plazo.

Esto es lo que ocurrió con el régimen feudal primero, y con los cercamientos y las posesiones de los nobles después, al quitarle la posesión de la tierra a quienes la cuidaban y dependían de ella, la tierra era un recurso más y por tanto perdía mucho valor. Si tienes 100 tierras te dará bastante igual en qué estado esté una de ellas, incluso puede que la exprimas tanto a corto plazo que deje de ser rentable.

Si por contra de esa tierra depende tu bienestar, la alimentación de tu familia, muy probablemente la defenderás y cuidarás con mucha más voluntad, cuidado y pasión.  

Aquí entra nuestra siguiente protagonista: la primera mujer en ganar el conocido como Premio Nobel de Economía, Elinor Ostrom. Con su obra, muchas de las ideas que subyacían en esa mentalidad de “tragedia de los comunes” –que tan fértil fue para el neoliberalismo posterior en los 80- quedaron definitivamente desestimadas. Elinor defendía 8 principios básicos como mecanismos para evitar la tragedia de los comunes sin necesidad de recurrir a una excesiva regulación jerárquica:

1) Definir límites claros de grupo.

2) Hacer coincidir las reglas que rigen el uso de bienes comunes con las necesidades y condiciones locales.

3) Asegurarse de que los afectados por las reglas puedan participar en la modificación de las reglas.

4) Asegurarse de que las autoridades externas respeten los derechos de reglamentación de los miembros de la comunidad.

5) Desarrollar un sistema para que los miembros de la comunidad monitoricen el comportamiento de otros miembros.

6) Usar sanciones graduales para quienes violen las reglas.

7) Proporcionar medios accesibles y de bajo costo para la resolución de disputas.

8) Desarrollar la responsabilidad de gobernar el recurso común en niveles anidados, desde el nivel más bajo hasta el sistema interconectado completo.


Todos estos principios básicos vienen a demostrar que no se debe generalizar en cuanto a la gestión de bienes comunes. Sin embargo, hay algunas lecciones de lógica aplastante que han venido comprobándose en otros campos de la ciencia:

cuando los miembros de un grupo consiguen colaborar,  el grupo en cuestión se convierte en un organismo de nivel superior.

Esta idea la propuso por primera vez la bióloga Lynn Margulis para explicar cómo los primeros organismos evolucionaron a partir de asociaciones simbióticas de bacterias. Es decir, no por competición, o no solo, sino sobre todo por cooperación. Ese cambio perceptivo es fundamental para dejar de destruir nuestro propio entorno. 

Siguiendo a Margulis, tras la implantación de la globalización nos hemos convertido en un grupo, en un Sistema-Mundo, que está por tanto obligado a cooperar: las cuestiones de salud o cambio climático lo evidencian. O cooperamos para subsistir, o las consecuencias las pagamos entre todos, aunque unos paguen menos que otros, en primera instancia.

Recuperar tanto como sea posible la gestión de los bienes comunes de una manera equilibrada es una cuestión de supervivencia que el antropólogo Jason Hickel analiza en su último libro (Less is More, How Degrowth Will Save the World): Una vez llegados a un cierto nivel de renta per cápita añadir más no solo no beneficia, sino que estadísticamente se traduce en menor esperanza de vida o menor “bienestar”. Y esto es lógico, países como Estados Unidos donde la renta per cápita es altísima pero también lo es la desigualdad y la competición, generan un estado de mucha mayor infelicidad que el registrado en otros países en los que la sanidad o la educación están garantizadas por la gestión de los comunes, esto determina que países con una renta per cápita mucho más baja –como Costa Rica- tengan incluso mayor esperanza de vida que los Estados Unidos de América.

Y además, todo ello, en el caso de Costa Rica, con una gestión de los comunes que es considerada de las más ecológicas del planeta. En el fondo es algo lógico, si se pretende competir y crecer al máximo nivel posible, ello supone una presión creciente a los ecosistemas. Así que llegado a un nivel de renta per cápita o PIB determinado, un aumento no solo no tiene por qué significar una mejora directa en la calidad de vida, sino lo contrario, al suponer más presión para los individuos y los ecosistemas.

Aunque, eso sí, para que se dé esa cuadratura del círculo, los comunes deben ser quienes ayuden a proveer de ese mínimo de subsistencia que garantice una calidad de vida digna.

Si nuestro destino es común, nuestra política también debe serlo.

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