¿Va la carrera espacial 2.0 hacia alguna parte?

Los seres humanos tenemos una relación muy especial con las estrellas.

Nos gusta decir que estamos hechos del mismo material que ellas. Incontables civilizaciones han escrutado los cielos basándose en las constelaciones para dar forma a sus mitos, e incluso construido algunos de sus edificios más simbólicos buscando asemejarse u homenajear a algunas de ellas. Los egipcios y los mayas son buenos ejemplos. Cabría pensar, quizá, que es cosa del pasado. Sin embargo, eso sería un error. 

Nuestra fijación con los cielos es distinta, menos mítica y más material, pero el vínculo sigue vigente con fuerza. 

Hemos construido sondas que han recorrido ya los confines de nuestro sistema solar. Explorado telescópicamente más allá de los límites de nuestra propia galaxia. Y el misterio, como el propio universo, y como suele ocurrir, se engrandece a medida que vamos conociendo más.  

En Occidente al menos, la fascinación por el firmamento sigue siendo, cuanto menos, curiosa. Es extraño pensar que comemos gracias a lo que nos proporcionan los suelos –por cierto están degradándose rápidamente por nuestra voraz y descuidada manera de explotarlos-, que dependemos mucho más directamente de ellos que de las estrellas, y sin embargo seríamos capaces seguramente de citar a unos cuantos astrónomos (Galileo, Newton, Copérnico, Kepler…) y a ningún experto en el suelo. Edafólogo. Hasta la palabra nos suena extraña. 

Quizá tenga algo que ver con que el cielo siempre ha estado relacionado con lo sagrado, con los dioses, y lo terrenal con los pecadores, con la muerte. De alguna manera nos convertimos en suelo cuando nos entierran. Mientras en vida aspiramos a llegar al estrellato, a las cumbres, que solo unos pocos alcanzan, todos sabemos que, al final, seremos compañeros de la tierra. Eso puede explicar en parte nuestra fijación por escapar de nuestro inevitable destino, fijando nuestra mirada en el lugar más alejado, el que menos comprendíamos. 

Curiosa y paradójicamente, la realidad es más compleja, y estamos empezando a descubrirlo. Dice el profesor de Ecología David W.Wolfe, autor del libro El subsuelo: en un puñado de suelo normal y corriente hay más criaturas que humanos en el planeta entero”. En el suelo hay mucho por descubrir, no nos hemos fijado lo suficiente antes. Pero aún así, las inversiones que se destinan al estudio de los suelos siguen siendo muy modestas en comparación a las destinadas al estudio de los cielos, los astros y los planetas.

Todo lo anterior ayuda a comprender que aún sigamos enfrascados en la carrera espacial. En una ciertamente diferente a como empezó. Una carrera espacial 2.0. Ya no en plena Guerra Fría entre superpotencias, sino una entre los hombres más ricos del planeta, que buscan desesperadamente algo con lo que entretener sus egos y ampliar sus beneficios. Elon Musk, Jeff Bezos y Richard Branson. Tres varones, blancos entre mediana y avanzada edad, que representan aquello de lo que deberíamos estar huyendo, y sin embargo, aún nos fascina. Me explico: estamos en un momento crucial para la vida en la Tierra. Los últimos informes de la comunidad científica no dejan lugar a dudas. Es un momento definitorio, o empezamos a ser capaces de auto-limitarnos, de madurar, de dejar de necesitar crecer para mantener nuestro sistema económico funcionando, o nos vamos a estrellar.

El filósofo Bruno Latour lo deja claro en su libro Dónde Aterrizar. La pelea del siglo XXI no es entre conservadores y progresistas, o entre izquierdas y derechas. Es más entre modernos y terrestres. Simplificando, nos hemos pasado de modernos, pero debemos asumirlo, sin caer en nostalgias y tradicionalismos que nos apeguen solo a nuestras propias tierras y a nacionalismos excluyentes. El destino de la humanidad es común. 

Tenemos que frenar las emisiones, no aumentarlas con proyectos tan megalómanos como el del turismo espacial para unos pocos millonarios.

Y de hecho, parece que si hay una respuesta para al menos mitigar el problema climático que ya hemos desatado, ésta se encuentra en el suelo. En la captura y secuestro de carbono. Es decir, tenemos que entender cómo hacer posible el reto de almacenar en el suelo tantos gases de efecto invernadero como sea posible. En esa carrera sí hay prisa por avanzar.  

Y pese a la evidencia de la necesidad de ir frenando, y rápido, seguimos apretando el acelerador, como si no existieran límites, como si no estuvieran ya cerca, o sobrepasados algunos. Aunque los magnates del mundo se empeñen en embarcarnos en proyectos sin sentido como terraformar Marte –cuando lo más probable es que de seguir ese esquema antes Marteformemos la Tierra-, esos proyectos de expansión infinita son por el momento inadecuados e imposibles. Hay otras prioridades. Aunque estos tres multimillonarios son solo los mejores representantes de algo que está mal en nuestras culturas modernas. La necesidad de expansión perpetua. 

Un ejemplo de la megalomanía a evitar: en la cordillera de Sierra Diablo, Texas, el magnate Jeff Bezos ha invertido 42 millones de dólares en un proyecto a largo plazo muy singular. Un reloj que funcione 10.000 años años sin que nadie intervenga. El reloj hace tic una vez por año, y una de sus manecillas cambia solamente cada siglo. Así que el cucú suena solamente una vez cada milenio. Según el propio Bezos, “el reloj durará más que nuestra civilización”. Y viendo el ritmo de crecimiento de su empresa y la degradación de la naturaleza que nos sostiene, es muy probable que acierte.

"I want to thank every Amazon employee, and every Amazon customer because you guys paid for all this," Esas fueron las declaraciones tras su último paseo espacial.

Y en realidad es peor. No solo estamos pagando sus caprichos mediante las compras que hacemos a su gigantesca compañía. Tanto Musk, como Bezos, se están peleando por las subvenciones y contratos que los gobiernos y sus agencias espaciales pueden proveer. La NASA parece haberse decidido últimamente por el proyecto de Musk, Space X. Pero queda claro que aunque a los tres el mundo se les queda pequeño, al menos para sus egos, lo que no se les quedan pequeños son los fondos públicos para apoyar sus proyectos. 

No podemos permitirnos idolatrar a los más “expansivos”, a los sin límite (limitless). Hay que bajarlos del pedestal, y limitarlos –resumiendo, esto es crujir a impuestos a los proyectos con alta huella de carbono. Si pretendemos llegar tan rápido a los cielos vamos a descuidar tanto los suelos, que acabaremos por perder ambos por avaricia. Y nadie niega que haya que seguir mirando a las estrellas, investigando y explorando. Pero mejor hacerlo sin olvidar el estado del suelo que estás pisando. No sea cosa que por mirar tanto hacia arriba, te tropieces y caigas.

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